N O T A S
                                                                           
              por Jorge Raúl Olguín.
 
      El existencialismo (parte 2)
      
     Sartre acota:  Somos libres  y  condenados a serlo.  No  podemos

     dejar  de  elegir,  porque  aún  elegir  no  elegir  sería  elegir.

     El hombre, por ser conciencia, es presencia  a sí mismo;   por ser

     libertad, es evasión  de sí mismo;   es, por lo tanto, contradicción

     y doblez. 

     El mundo  que  llamamos  objetivo  es  diferente  según  nuestra

     situación.  En  cuanto  a  los  hombres, (siempre  en  función  de

     valorar la individualidad)   si son objetos  para mí,  yo  a mi vez,

     soy objeto  para  ellos.  Yo,  sujeto,  para el que me mira  soy un

     objeto.  Y cada cual  tiende  a  hacer servir  a los otros  para sus

     propios fines.

     También el amor  es  voluntad  de dominio,  al punto  de desear

     que  la  otra  persona   quiera   nuestra   existencia   como  algo 

     imprescindible,  que  el  "tú"  de  ella  se  pierda  en  nuestro yo.

     Pero lo corriente es  que la fusión no se realice,  pues cada cual

     se resiste a perderse  a sí mismo  en aras de otro.  Y así  se pasa

     del amor  al odio.   Por eso,  en toda relación interindividual,  la

     esencia de las relaciones no es la coexistencia,  sino el conflicto.

     Y los otros son el infierno para cada uno.

     Ese es el pensamiento de Sartre.

     Así como Kierkegaard se equivocaba  al decir que el matrimonio

     (en función de procreación)  estaba  contra el cristianismo,  pues

     este no podía querer que nazcan más seres en el pecado y  para

     su desdicha, con la consiguiente condena inherente,  también se

     equivocaba  Sartre  al  opinar  que  estamos   condenados  a  ser

     libres. 

     En el primer caso, cuando una unión se efectúa por amor, nunca

     va a gestar un ser pecaminoso.  Por el contrario, el amor genera

     más amor  y  jamás  algo  no espiritual.  Por lo tanto,  no tendría

     que afectar  la  moral  cristiana  a  la  que  se refiere  el  filósofo.

     En el segundo caso,  ser libre  no es una condena,  pues permite

     optar  por el Servicio.  Obviamente,  dejando de lado  la idea de

     la individualidad como premisa.  Por último, es muy desacertado

     pensar en una relación como sinónimo de conflicto, salvo que la

     base de la existencia sea someter y no Servir.

     Rescato  a  Lavelle   que  piensa  que  la  existencia  la  tiene el

     hombre  para conquistar su esencia eligiendo;  pero ella misma

     no vale.  Existir o elegir no vale sino por la esencia de lo que se

     elige.  Lo que vale son las esencias o ideas en sí.

     Si Kierkegaard decía que elegir entre varias opciones sumergía

     en la angustia,  Lavelle  acota  que  esta  angustia  no  expresa

     nada  más  que  la  suprema  tensión  de  su  esperanza.